Viaje a las nubes suizas

Un punto y a parte en medio de la naturaleza. Así es Berna. Una ciudad con regusto a pueblo aposentada en un meandro del río Aar.
Berna, pequeña pero siempre innovadora, fue también pionera en la electrificación de la línea ferroviaria que la une a Thun, en 1899. Ocurría pocos años antes que un desconocido Albert Einstein anunciara la teoría de la relatividad.
El viaje en tren convertía a los inexplorados Alpes en una meta más cercana. Hoy, en tan sólo una hora, se cubre, en tren o en automóvil, el trayecto hasta Interlaken situada a 57 kilómetros de la capital. La ruta es una oportunidad para adentrarse en los paisajes prealpinos y dejarse caer por pequeñas aldeas y fortalezas medievales, como la de Thun, postrada a los pies del lago que lleva el mismo nombre. En el nítido espejo de sus aguas se reflejan ya las cumbres nevadas de las montañas, telón de fondo de esta cautivadora ciudad de casas encaladas de blanco y balcones abarrotados de flores. Es el antesala de la conquista definitiva de los imponentes Alpes.

“Si no conoces Interlaken es que no has visto Suiza”. Fue el compositor Felix Mendelssohn el responsable, con estas palabras, de definir el corazón del Oberland bernés. Allí late Interlaken y sus paisajes, auténtica esencia de la Suiza más alpina.  Rodeada de colosales montañas, Interlaken nacía a los pies del río Aare y anclada entre los lagos Thun y Brienz, que la bautizaron, a partir del siglo XIX, como la “ciudad entre lagos”.Ahora, los terrenos que lo rodeaban conforman el Hohematte, una explanada de 14 hectáreas que hace las veces de mirador y pista de aterrizaje de centenares de intrépidos parapentistas, atraídos por los transparentes cielos, las cumbres de nieves eternas y el azul turquesa de los lagos. Un grupo de visionarios empresarios hoteleros tuvo la brillante idea de comprar estos terrenos para protegerlos contra su urbanización, cosa que conserva intacta la vista sobre la icónica cadena montañosa que se perfila ante la villa. Esto sucedía en plena época de explosión turística, a partir de 1860, cuando Interlaken sonaba como destino principal para un turismo en busca del clima saludable, el aire puro y las aguas benéficas del lugar. Su herencia cobra forma de antiguos hoteles victorianos, rejuvenecidos a base de cuidadosas reformas. L

 

Jungfraua Hoheweg, un desfiladero de apacibles restaurantes donde tomar un humeante café, y de tiendas de material alpino, auténtico placer para los montañeros que salpican de color la saludable atmósfera de Interlaken actual. Sueñan con tocar el cielo de Europa, y el encargado de cumplir su deseo es el tren de la Jungfrau, un ferrocarril centenario con parada final en la estación más alta de Europa, a 3.454 metros.
En funicular se puede acceder a lugares llenos de encanto, como el valle de Grindelwald, capitaneado por esta vital localidad. Se trata de un centro de montaña situado bajo la temible pared norte del Eiger, que, con sus 1.800 metros, es la más alta y escarpada de los Alpes. Trágico escenario final de muchas ascensiones, no fue hasta 1938 que logró culminarse su, hasta entonces, inalcanzable techo. La heroica proeza, gestada por cuatro jóvenes alemanes y austríacos, representó para el gobierno nazi el símbolo del triunfo de la raza aria.
Desde
Grindelwald parten los teleféricos hacia las estaciones de esquí de First y Männlichen. En Männlichen, un mirador permite contemplar la lucha entre gigantes del triunvirato más famoso del país, el formado por el Jungfrau (la virgen, con 4.158 m), el Mönch (el monje, con 4.099 m) y el Eiger (el orgro, con 3.970 m).
También en Grindelwald se inician excursiones en raquetas de nieve o a pie, como la que se enfila hacia el plateado glaciar Oberergletscher. Para llegar hay que tomar un autobús que en 15 minutos se aproxima a la pista que lleva al mirador de dicho glaciar, tras un corto paseo, una empinada subida y 900 escalones.
Sólo 10 kilómetros separan Interlaken de uno de los pueblos más pausados de la región, Lauterbrunnen, encajado en un valle regado por multitud de cascadas donde el ritmo lento compite con el de la vecina Wengen, otra localidad de aire tradicional, acostumbrada a que los perros San Bernardo ocupen el lugar de los automóviles. Wengen es un pueblo sin humos y al cual sólo se puede acceder en cremallera o teleférico en un corto trayecto desde Lauterbrunnen.
Surcar en barco el lago Brienz es dejarse mecer por sus tranquilas aguas plateadas, a orillas de las cuales nacen pequeños pueblos de leyenda.
El crucero termina, tras 75 minutos, en la pintoresca Brienz, una población salida de un cuento de hadas, repleta de casas de madera y floreados jardines, que cuenta con el museo al aire libre Ballenberg, con más de cien casas típicas suizas a tamaño real.
A
unos 10 kilómetros se abre el valle Haslital, con su epicentro en Meringen, rodeado de aguas glaciares, cascadas y pistas de esquí. De aquí parte una estrecha carretera hacia el valle de Rosenlaui, punto de inicio de las caminatas hacia el inexplorado circo de Engelhorn. Un autobús lleva al puerto de montaña de Grosse Scheideg, al pie de la pared triangular del Wetterhorn, un pico de 3.692 metros.
También cerca de Meringen, y accesible en funicular, brota la cascada de Reichenbachfalle. Fue el enclave romántico escogido por Sir Arthur Conan Doyle para la muerte de su querido Scherlock Holmes, con los Alpes de decorado y el incesante borboteo del agua como banda sonora musical.

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